EL HAMSTER: Amo a mi perro tanto como te amo a ti

Por / 1 Comentario / 20/07/2017

Amo a mi perro tanto como te amo a ti.

Así comienza la canción de Cat Stevens I Love My Dog. Pueden dejarla sonando mientras leen el artículo,

Hace tiempo mi polola me viene diciendo que escriba la historia de mi fallecida perra Luna y como ella fue la que me hizo cambiar mi forma de ver a los animales.

Me es particularmente difícil contar la historia, tanto porque me hace llorar, como porque la verdadera historia es su vida entera, pero seré sintético.

Luna fue una perrita que encontramos en la calle en Concón hace muchos años. Debió haber tenido unos 3 meses cuando casi la atropellamos y por ello decidimos que nos acompañara a nuestra casa.

Desde que nos volvimos a mi casa en Santiago comenzó siendo el punto de atracción para nosotros, que en ese entonces teníamos menos de 10 años. Pero como muchos de nosotros, no tenía en ese entonces una concepción más que la de objeto de mi perrita.

Pasaron los años y nos fuimos aburriendo de ella, como niños los entretenimientos eran pasajeros y la responsabilidad pasó a cargo de mi padre, mi madre, no sé, supongo que alguien se encargaba de ella.

No fue que desde que me empecé a interesar de nuevo en los animales, que quise comprarle un hueso de cartílago para regalárselo. Luna pasaba todo el día encerrada en la parte de atrás, donde colgábamos la ropa. Y nunca nadie la sacaba a pasear, menos mimar.

Cuando le dí ese hueso a través de la reja, me miró con una cara de odio. Me arrebató el hueso de la mano y de paso me mordió un poco la mano. Enojado abrí la reja para gritarle, pero ella me gruñó cuando me le acerqué. Me devolví, cerré la reja, y me puse a mirar cómo comía el hueso.

Cómo mencioné en este artículo, la empatía se logra si y solo si nosotros somos capaces de conectarnos con nuestras propias experiencias similares.

Yo la pasé muy mal en el colegio, mis compañeros me hicieron todo el bullying que pudieron: tirarme al río, encerrarme, robarme, pegarme, decirle a la niña que me gustaba que estaba detrás de ella… los odiaba, porque tenía que pasar encerrado todo el día con ellos y por su culpa no podía estar tranquilo ni desarrollarme como quería.

En ese momento sentí como mi omisión de responsabilidad le provocaba lo mismo a Luna.

Se me apretó el corazón.

Desde ese día en adelante, me hice cargo de ella. Pasearla, limpiarle las heridas, mimarla, llevarla al veterinario, jugar y disfrutar la vida con ella.

Años más tarde, Luna desarrolló una enfermedad auto inmune a la piel que no era conocida por ninguno de los 4 veterinarios que fuimos a ver, y todos, sin falta, me recomendaron que la durmiera (palabra de mierda eufemismo para referirse a la muerte).

Finalmente, conocí a Danisa una veterinaria especialista en dermatología. Ella se vinculó mucho con el caso y con ella probamos muchas posibles soluciones, hasta que llegamos con un tratamiento que funcionó: 2 baños semanales con un shampoo de recetario magistral.

Durante años lavé a Luna 2 veces a la semana. Su vida cambió. No solo porque ya no tenía más heridas, sino por lo intenso que nos vinculamos en todos esos años. Ella me enseñó todo lo que sé de perros y es la razón por la cual sé que los animales se que son emocionalmente tan complejos como nosotros.

Luna era una quiltra que tenía algo de pastor alemán, y a los 17 años de edad comenzó a tener displasia en la cadera, una enfermedad conocida en la raza.

Por lo vieja que era, los veterinarios no podían intervenir y me dieron calmantes de por vida. Para esos años yo miraba a Luna a sus ojitos con cataratas y me comunicaba con ella.

Durante un año ella se movió cada vez menos, y cada mes que iba a revisión, me sugerían que la durmiera. No podía tomar esa decisión.

Ella no estaba vegetal ni nada, ella tenía su propia voluntad y yo no podía transgredirla. Sus ojos me decían que quería seguir mirando el atardecer que se ponía frente a su casa todas las tardes, ladrarle a la gente que pasaba cerca de la reja y moverme la cola cuando llegaba a verla.

A los 18 años, una edad imbatible para un perro de su tamaño, mi hermana me llama un sábado por la tarde llorando por el teléfono y me dice que Luna ya no se levanta. Cuando llegué a la casa ella tenía otra mirada, una mirada de desconcierto. La displasia de la cadera la dejó inválida. Ya no tenía sensación desde la cadera hacia abajo. Llamé a la veterinaria y le dije que finalmente tomé la decisión.

Pero en verdad tenía la guata apretada, tantos años de conocernos y crecer juntos… nunca creí que estuviera tomando la decisión de matarla. Sabiendo que era su último día de vida, la envolví en un chal y me la llevé en brazo a un paseo a las 12 de la noche. Hace meses que ya no podía salir a pasear por la displasia y esto la calmó de su desesperación por no poder mover sus patas.

Llegamos a un pedacito de pasto y la recosté frente mio y nos miramos a los ojos durante varios minutos. Su expresión fue serena.

El día siguiente en la mañana fuimos todos como familia al veterinario. Yo me fuí con ella en la maleta, como acostumbrábamos. En mis brazos la amaba y pedía disculpas por lo que le iba hacer.

Sin embargo, apenas estacionamos ella dio un silencioso gemido y falleció junto a mí.

Desde ese entonces ella quedó grabada en mi historia. Desde ahí que es parte de mi vida, de mi motivo, de mis deseos. A causa de ella es que me fui acercando al vegetarianismo, y a mirar con otros ojos a todos los animales que pueblan este mundo.

Todos ellos tienen deseos y voluntades, como tú, como yo. Los deseos de vivir y luchar de Luna eran tan verdades como cuando tienes alguna enfermedad mortal.

Las ganas de vivir y querer disfrutar de nuestro paso por este mundo son instintivas y todos los animales la llevamos dentro, y no tenemos derecho a anularla.

Todos los que hemos amado a nuestros animales hemos pasado o pasaremos episodios en que los veremos morir, sin duda alguna. Ellos entregan de lleno su efímera vida a nosotros, porque no hay amor más incondicional en este mundo, que el que te tiene tu mascota.

 

 

Los invito a leer en breve sobre la “Ley Cholito” busca realizar un registro nacional de mascotas y animales de compañía, además de darle más facultades a las municipalidades para reubicar a perros abandonados, eliminar el sacrificio de animales como sistema de control de población animal y considerar el abandono como maltrato y crueldad animal y por ello sancionado por Códido Penal.